divendres, 9 d’octubre de 2009


Lo imaginé: un día taparme con la misma sábana que tú y en un bostezo decirte “cariño, mañana me gustaría hacer el amor contigo”. Qué triste sería tenerte tan demasiadamente cerca y sólo rozarte en un descuido. Y me pregunté si alguna vez quizá podría llegar a invertirse el universo, o si quizá la mayoría por una sola vez podía estar equivocada, o incluso si a lo mejor el amor verdaderamente duraba para siempre. Se me ocurrió dejar de reírme al imaginar una cocina sucia, una habitación revuelta, la ropa sin tender, los niños gritando por la casa, el ordenador siempre encendido. Vislumbré las facturas, los días del calendario marcados en rojo, el viaje a París, los consejos del médico, la mujer malcarada del tercero, la repetitiva ruta del autobús. Imaginé tus ojos, cada vez más pequeños, e imaginé el tiempo igualmente menguando. Se me cayó el alma al suelo, como se le cae a mi madre cada vez que cree tener una decepción, y terminé mi fantasía en un punto y aparte rotundo. Rotundo como el no que marca cada mujer en su cabeza cuando decide ser valiente. Como el que le ha dado la vida a tantas otras mujeres que se resignaron, al final, a agachar la cabeza y amar un recuerdo, acariciar una vida, llevarlo todo a cuestas.

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