dijous, 10 de desembre de 2009

Acariciando un mundo


Sé que no hay tú, aunque tú lo seas todo. Aunque en el esfuerzo de saberte intente tenerte todo entre mis brazos. Hasta el tiempo se ha apartado, o se ha acelerado demasiado, no sé. No sé si quiera qué forma tiene ese punto que me ha atrapado y me tiene toda pendiente y cuesta arriba, a tientas y a oscuras. Toda yo, ahí, sin más, sin forma, sin ser ni estar ni parecer nada. Pereciendo. Pienso que ya no soy copulativa, y me río de mí misma y de todas las casualidades que no existen y las paradojas que nos inventamos. Porque el destino es un futuro muy cambiable. Si cerramos los ojos es para dejar de ser y sólo sentir un rato. Un espacio muy grande, demasiado pequeño, casi efímero. Es como ser sólo una fugacidad llamada pensamiento, pero con el sentir y no con el pensar. Sintiendo sin sentidos. En fin, es como quemarse con hielo. Sólo que, al final, te sientes nadando en una extraña tranquilidad que te envuelve y te susurra. Huele a algo así como a albahaca. A una espalda mojada que se dibuja a medida que siente tu mano. Empiezas a oir luces, a tocar sonrisas. Cada vez más cerca de tus labios, de sus labios. Todo se aleja. Se desconcentra el universo, se retira como una ola que deja sólo su espuma y su sal y te deja medio vacía y medio llena. Con esa sensación traspasando cada poro y entrándote o saliendo de ti, o de mí (es un poco gallega). Y te deja respirando despacio, aspirando los restos de todo y de nada de la habitación. Anclada a ese silencio, con los ojos diciendo. Des-sintiendo. Acariciando un mundo.

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